En el babyshower de la pulga, me regalaron un móvil de hadas diminutas para armar que es una preciosura. Cuando lo vi pensé "que cosa más bella" pero me cuestioné si sería capaz de sentarme a hacerlo, y lo que es aún un mayor reto, terminarlo.

Lo mismo me viene sucediendo con el orden. Por naturaleza soy desordenada y descuidada y todo lo que signifique organizar me da fastidio y dolor de cabeza. Sin embargo, desde hace unos meses encuentro un placer enorme en organizar mi armario, en hacer espacio para la pulga, en lavarle su ropa, en doblarla, en arreglar el mueble cambiador. Ahora todos los días me despierto pensando "¿y hoy qué voy a arreglar?".
Son ejemplos someros, pero tengo otro más serio. Ayer mientras cenábamos, Pulgapapá me dijo que estaba orgulloso de mí y de la manera tan hermosa en que estaba asumiendo la maternidad (sí, semejante declaración de amor me hizo llorar). Me dijo que le parecía admirable que yo, que le tengo pánico al dolor, tuviese la intención de tener un parto natural.
Es cierto, toda la vida le he huido al dolor, sobretodo al físico. A pesar de que he tenido un embarazo sin complicaciones, tuve muchos malestares los cuatro primeros meses. Ahora que lo miro en retrospectiva, me doy cuenta que asumí esas molestias de una manera muy distinta a cómo lo hubiese hecho en el pasado. Entendí en ese momento que hay algo mucho más importante que yo, algo -o más bien alguien- que necesita que me deje de pendejadas y piense primero en ella. Por ella fui capaz de sentarme a armar haditas con pabilos y pepitas de madera. Por ella he dejado la flojera y la aversión que le tenía al orden. Por ella aguanté cuatro meses de malestares y por ella espero soportar 12, 14 o 20 horas de dolor de parto (siempre y cuando no ponga en riesgo la vida de ninguna de nosotras dos). Y eso que apenas empiezo. Me pregunto qué otras cosas impensables haré por ella.