Decidimos entonces hacerle caso a medias. Tanta gente nos decía "aprovechen en la clínica que tienen ayuda para descansar" que sucumbimos a la tentación. Pasada las 9 pm, luego de que se fueran todos, comenzamos el proceso de despertar a la Pulga, alimentarla, cambiarla, y a las 11 llamamos al retén para que se la llevaran y nos la trajeran a las 3 a.m. para volverle a dar de comer.
A esa hora de la madrugada tuvimos nuestro primer tropiezo con el pupú cuando se le hizo a Pulgapapá en la mano. Afortunadamente, el ángel le había enseñado a Pulgapapá a cambiarla y mientras ella llenaba todo de pupú no pudimos sino morirnos de la risa a la vez que yo trataba de calmar su llanto (desde que nació la Pulga llora a gañote suelto cuando la cambian) con la canción que le cantaba cuando estaba en la barriga.
Luego le día de comer, y si mi memoria no me engaña, costó un rato y algunas lágrimas (de ella y mías) para que se pegara al pecho. A las 5 a.m. se la llevaron nuevamente al retén y casi a las 9 a.m., después de varias llamadas, la regresaron. Me enteré de que a pesar de que había comido, en el retén le habían dado fórmula, y después de insultarlos por no respetar mis deseos, decidí que a partir de ese momento y por los dos días que me quedaban en la clínica, mi hija estaría todo el tiempo con nosotros.
Ese día cuando llegó el ángel al cuarto, a eso de las 7 am, me encontró semi bañada en llantos. Le conté el episodio del pupú, que me costó para despertarla, que no se quería pegar al pecho y que en general había sido una noche intensa y me dijo "es mejor que todo esto les pase por primera vez aquí que tienen ayuda que en la casa donde están solitos".
Así, las noches que siguieron fueron más fáciles que la primera y tal como dijo el ángel cuando llegamos a la casa ya sabíamos a qué enfrentarnos: tres despertadas en el medio de la noche, una pelea continua de Alana con mi teta (de esto hablaré mucho más en un próximo post), mucho pupú, en especial mientras la cambiábamos o justo después de que estuviera lista, y en general una ansiedad casi perenne producto de un cuestionamiento incesante. "¿Habrá comido suficiente?", "¿tendrá mucho frío o mucho calor?", "¿por qué estará llorando?".
Los primeros obstáculos son más sencillos de evadir. Los trasnochos eventualmente disminuyen hasta casi desaparecer, dar pecho deja de ser una batalla y uno aprende a cambiar los pañales y a nunca pararse al frente del rabo del bebé (lo más probable es que recibas un baño de pupú). El cuestionamiento es otro asunto. La ansiedad por saber si estamos haciendo lo correcto, presiento yo, y dicen todas las madres que conozco, nunca desaparece.
Los primeros obstáculos son más sencillos de evadir. Los trasnochos eventualmente disminuyen hasta casi desaparecer, dar pecho deja de ser una batalla y uno aprende a cambiar los pañales y a nunca pararse al frente del rabo del bebé (lo más probable es que recibas un baño de pupú). El cuestionamiento es otro asunto. La ansiedad por saber si estamos haciendo lo correcto, presiento yo, y dicen todas las madres que conozco, nunca desaparece.
