La pulga, o mejor dicho Alana (sí, no fue el ganador en la encuesta pero sí en mi corazón) llegó a este mundo el 1 de marzo a las 10:01 a.m. Pesó 3,563 y midió 50 cm y nació con un montón de pelo. Pulgapapá lo primero que dijo cuando la vio fue "es muy peludita".
Nació por cesárea. No fue para nada lo que soñé pero terminó siendo igualmente increíble y alucinante. Una semana y algo antes de su llegada me dieron la noticia de que según la pelvimetría la cabeza de la pulga era muy grande para el ancho de mi pelvis. "La desproporción es muy grande y forzar un parto natural es muy arriesgado" dijo el médico. Me sentí triste, decepcionada, lloré, anduve con la cara larga y actitud de derrotada hasta que entendí que estaba pasando por alto lo verdaderamente importante: que mi niña naciera sana, independientemente de si descendía por el canal natural o si la sacaban de mi panza.
Si ya no iba a poder parir entonces para qué iba a entrar en trabajo de parto, me dije, y después de pensarlo mucho jugué a ser Dios y escogí una fecha para ella. Sí, la idea no me encantó pero algo me decía que era más seguro programar una cesárea que tener que apurar una tal vez a horas de la madrugada. Aparte a esa hora no trabajaba la facilitadora de parto (una doula o como yo la llamé mi ángel personal). Así que escogí el 1 porque yo nací un primero y porque ese día cumplía las 39 semanas y 4 días, y dicen que el mejor momento para que un bebé nazca es entre la semana 39 y la 40.
Llegué a la clínica a las 7:30 con dos maletas (soy una exagerada pero como dice una prima, este es el único viaje en el que no te cobrarán sobrepeso), me dirigí al cuarto que me habían asignado, vacié las maletas, tendí la cama, saqué la primera ropa de la bebé y esperé a que fueran las 9 a que mi ángel personal me viniera a buscar.
Pasé entonces al área de sala de parto, me dieron la batica azul, el gorrito y mientras mi ángel me ayudaba a cambiarme una enfermera me tomó una vía. Luego mi ángel me dijo que era hora, que fuéramos a la sala de parto c, y ahí me esperaban otros uniformados de azul celeste y la anestesióloga a quién bauticé la bruja. Cuando me di cuenta que era real, que me abrirían, que en poco tiempo sería madre, rompí a llorar. La bruja dijo "ah no, en mi quirófano yo no permito llantos". Pues que se joda, pensé. Mi bebé, mi parto, mis lágrimas. Si quería llorar eso haría.
El ángel me ayudó a calmarme, me dijo que me sentara en el borde de la mesa, totalmente encorvada y me empezó a explicar qué sentiría cuando me pusieran la epidural. Estaba muy nerviosa y me costaba quedarme quieta y la bruja me dijo "quédate quieta porque esta aguja es bien grande". El ángel le dijo "no le digas eso, no vez que intento calmarla" y me dijo "tú sólo escúchame a mí, ignora todo lo demás". Preguntaba por Pulgapapá y me dijeron que entraría tan pronto yo estuviese acostada, que se estaba cambiando. El proceso de colocarme la anestesia fue rápido y no sentí nada, ni pinchazo, ni corrientazo. Nada. Una vez que estaba anestesiada me sentí como borracha. Aunque la anestesia es local, tiene secuelas en el resto de nuestro organismo. Yo me sentí borracha y me comenzó a picar todo. Como no me dejaban mover las manos, el ángel me pasaba un algodoncito por donde sentía comezón.
Finalmente llegó Pulgapapá me dijo mil veces que me amaba, que pronto veríamos a pulguita que todo saldría bien y que estaba orgulloso de mí. Llegó el doctor y empezó la función. El ángel mandó a poner música para que me concentrara en la melodía y no en los ruidos fríos y molestos de los equipos médicos. Me iba contando que hacían, y en un momento dijo "ok, vas a sentir que te apretan, que te mueven todo por dentro y luego vas a escuchar el llanto de tu bebé".
El llanto no lo escuché. Aunque lloró yo estaba tan nerviosa, o adormecida o en una especie de viaje a lo más profundo de mis emociones, que no escuché nada y pregunté "todo está bien?". Pulgapapá dijo sí y repitió lo peludita que era. Inmediatamente me la pasaron. Estaba un poco morada pero sana, cubierta todavía de la sustancia esa blanquecina y me pareció increíble que de mí hubiese salido una persona.
"Cómo se llama?", preguntó el médico que se conocía la historia de mi indecisión con el nombre. La vi de nuevo. Era demasiado dulce como para llamarse Fernanda, un nombre que me parece más bien fuerte. "Alana", dije, "se llama Alana" y lloré.
Una conversación con y para mi hija. Desde que estaba en el útero hasta que llegó a mis brazos; y cada día después de ese...
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sábado, 10 de marzo de 2012
lunes, 21 de noviembre de 2011
Mi embarazo, mi problema
No se qué tiene una barriga de embarazo que despierta el médico -o el metiche- que vive en cada uno de nosotros. Ver a una embarazada es para el ojo ajeno una especie de invitación a dar una opinión no solicitada. Una opinión sobre la barriga -"es muy grande, muy pequeña, demasiado puntiaguda, muy redonda"- sobre lo que debe o no comer -"ni se te ocurra comer galletas de soda después de la 4 de la tarde mija, que eso engorda un montón"- sobre que vitaminas tomar, a qué médico ir, cuando hablarle al bebé, qué curso prenatal debe hacer, qué tipo de parto debe tener y si debe o no amamantar -que en estos días hay quienes te hacen sentir que si no amamantas no eres madre.
Lo entiendo, una barriga es un asunto público. Todo el mundo la ve, es difícil esconderla y como el motivo de felicidad que es, todos quieren una parte de ella. Todos, desde la señora en la cola del banco o esa tía que nunca vez, hasta los amigos veinteañeros de tu hermano -que de embarazo no deben saber ni cómo se escribe- quieren ser partícipes de tu nueva condición.
Y entre los tópicos que más interés despiertan está indudablemente el peso. No sé por qué, tal vez es por el carácter vanidoso de los venezolanos, pero el peso de una embarazada parece ser un asunto de interés social. Seguida de "¿cómo te has sentido?" la pregunta que más me hacen -por lo menos tres veces por semana es "ay -en tono de chisme- y ¿cuánto has subido de peso?". Yo suelo decir con educación pero con la intención de dejar saber que eso es sólo problema mío, "el médico dice que estoy chévere". Y punto. ¿Desde cuándo es políticamente correcto preguntarle a una mujer -embarazada o no- sobre su peso?
Una prima, también embarazada, que decidió tener a su bebé a través de una cesárea programada, me contó hace poco que estaba cansada de tener que explicar por qué ella había tomado esa decisión. Es decir, una cosa es que su mamá le pregunte sus razones, y otra cosa es que la vecina trate de convencerla de que un parto natural es lo mejor. ¿Lo mejor para quién? ¿Para ella o para la vecina?
Y es que en esto del embarazo no hay mejores ni peores opciones sino elecciones que se adaptan o no a nuestra realidad y necesidades. Quién mejor que mi prima y su médico para saber lo que más le conviene a ella. Quién más que yo y mi médico para vigilar mi peso. Agradezco genuinamente el interés, pero una cosa es preocuparse por mi salud, y otra muy distinta es que los otros maten el ocio husmeando sobre embarazo.
La lactancia, por supuesto, es otro tema sobre el que todos quieren opinar. Una amiga me contó que cuando ella dio a luz, las visitas en la clínica lo primero que le preguntaban era "¿y ya amamantaste?". Al menos que la pregunta venga de una educadora en lactancia o de un familiar cercano -y hago énfasis en cercano- ese no debería ser tema de conversación de visitas. A menos claro, que a mi amiga le hubiese nacido hablar espontáneamente del asunto. Cuando la respuesta a la interrogante es negativa inmediatamente vienen los reclamos: "pero ¿por qué?, ¿cómo se te ocurre?, si no le das pecho va tener un millón de alergias -a mi me dieron pecho hasta los nueve meses y más alérgica no puedo ser- va a crecer desnutrido, la conexión con tu bebé no va a ser la misma, y un montón de horrores más. No me malinterpreten, soy 100 por ciento pro lactancia y desde ya estoy leyendo y tomando cuanta charla existe sobre el tema, pero de querer promover un hábito sano a crear terror hay un gran trecho.
Yo creo que sería mejor si los curiosos bienintencionados del mundo le dejan ese tipo de temas a los expertos y se concentran en comentarios más banales y menos invasivos tipo "qué linda te ves", "¿cómo se va a llamar?", "¿cuántas semanas tienes?". Al menos creo que nos quitarían un peso de encima -y consideremos que ya llevamos literalmente un gran peso- a las embarazadas.
Lo entiendo, una barriga es un asunto público. Todo el mundo la ve, es difícil esconderla y como el motivo de felicidad que es, todos quieren una parte de ella. Todos, desde la señora en la cola del banco o esa tía que nunca vez, hasta los amigos veinteañeros de tu hermano -que de embarazo no deben saber ni cómo se escribe- quieren ser partícipes de tu nueva condición.
Y entre los tópicos que más interés despiertan está indudablemente el peso. No sé por qué, tal vez es por el carácter vanidoso de los venezolanos, pero el peso de una embarazada parece ser un asunto de interés social. Seguida de "¿cómo te has sentido?" la pregunta que más me hacen -por lo menos tres veces por semana es "ay -en tono de chisme- y ¿cuánto has subido de peso?". Yo suelo decir con educación pero con la intención de dejar saber que eso es sólo problema mío, "el médico dice que estoy chévere". Y punto. ¿Desde cuándo es políticamente correcto preguntarle a una mujer -embarazada o no- sobre su peso?
Una prima, también embarazada, que decidió tener a su bebé a través de una cesárea programada, me contó hace poco que estaba cansada de tener que explicar por qué ella había tomado esa decisión. Es decir, una cosa es que su mamá le pregunte sus razones, y otra cosa es que la vecina trate de convencerla de que un parto natural es lo mejor. ¿Lo mejor para quién? ¿Para ella o para la vecina?
Y es que en esto del embarazo no hay mejores ni peores opciones sino elecciones que se adaptan o no a nuestra realidad y necesidades. Quién mejor que mi prima y su médico para saber lo que más le conviene a ella. Quién más que yo y mi médico para vigilar mi peso. Agradezco genuinamente el interés, pero una cosa es preocuparse por mi salud, y otra muy distinta es que los otros maten el ocio husmeando sobre embarazo.
La lactancia, por supuesto, es otro tema sobre el que todos quieren opinar. Una amiga me contó que cuando ella dio a luz, las visitas en la clínica lo primero que le preguntaban era "¿y ya amamantaste?". Al menos que la pregunta venga de una educadora en lactancia o de un familiar cercano -y hago énfasis en cercano- ese no debería ser tema de conversación de visitas. A menos claro, que a mi amiga le hubiese nacido hablar espontáneamente del asunto. Cuando la respuesta a la interrogante es negativa inmediatamente vienen los reclamos: "pero ¿por qué?, ¿cómo se te ocurre?, si no le das pecho va tener un millón de alergias -a mi me dieron pecho hasta los nueve meses y más alérgica no puedo ser- va a crecer desnutrido, la conexión con tu bebé no va a ser la misma, y un montón de horrores más. No me malinterpreten, soy 100 por ciento pro lactancia y desde ya estoy leyendo y tomando cuanta charla existe sobre el tema, pero de querer promover un hábito sano a crear terror hay un gran trecho.
Yo creo que sería mejor si los curiosos bienintencionados del mundo le dejan ese tipo de temas a los expertos y se concentran en comentarios más banales y menos invasivos tipo "qué linda te ves", "¿cómo se va a llamar?", "¿cuántas semanas tienes?". Al menos creo que nos quitarían un peso de encima -y consideremos que ya llevamos literalmente un gran peso- a las embarazadas.
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